top of page

¿Cuánto cuesta tu jaula de oro?

  • hace 18 horas
  • 5 min de lectura

Cuando un buen salario, la estabilidad y los beneficios empiezan a tener un precio que no aparece en el recibo de sueldo.


Hace unos días, saludé a un amigo y ex-compañero de trabajo por su cumpleaños, y entre charla y charla me contaba lo desmotivado que estaba luego de muchos años trabajando en el Estado.

Imagen creada con IA

Me comentaba también de lo triste que es trabajar en lugares donde los proyectos están estancados, las decisiones más simples se dilatadan durante meses y la burocracia se vuelve el pan de todos los días.


Y aclaro que esto no es patrimonio exclusivo del Estado; también sucede en bancos, organismos internacionales y empresas privadas donde se instala la misma lógica: procesos que se vuelven eternos, decisiones que nadie termina de tomar y una sensación creciente de que nada cambia.


La diferencia es que, en una empresa privada, esa lógica tiene un límite más corto, porque más tarde o más temprano, mantener ineficiencias la vuelve económicamente insostenible.


En otros ámbitos, en cambio, suele prolongarse durante años y mientras tanto las personas siguen cobrando buenos salarios y disfrutando de beneficios que, paradójicamente, terminan convirtiendo esos lugares en verdaderas “jaulas de oro”.


Las “jaulas de oro” suelen compartir algunas características como por ejemplo, puestos de trabajo inamovibles, salarios altos, beneficios generosos, y feriados y licencias que parecen no tener fin. Desde afuera parecen trabajos ideales, pero muchas veces tienen un precio muy alto que es nuestra propia motivación.


En estos contextos, y a medida que pasan los años la desmotivación puede llegar a tal punto que, como decía mi amigo: “te volvés un viejo de mier**”.


Cuando trabajábamos juntos y todavía la desmotivación no había llegado a tal punto, los “viejos de mier**” eran esas personas que hacía muchos años estaban trabajando allí y que nosotros los mirábamos de lejos y los catalogábamos como “mala onda”, porque siempre estaban de mal humor, quejándose de todo y contando los minutos para irse.


Y que ahora, como él mismo decía entre risas y desolación: “siento que cada vez pertenezco más a ese grupo”.


En las jaulas de oro muchas veces las personas se quedan no porque tengan ganas de quedarse, sino porque irse tiene un costo muy alto. A veces aumentamos nuestro nivel de vida basados en esos beneficios asumiendo préstamos hipotecarios, realizando viajes o enviando a los hijos a colegios caros.


Pensar en irse pone en riesgo la seguridad económica, el salario, los beneficios y la estabilidad. Y el miedo a no encontrar algo similar puede pesar mucho más que la motivación, el entusiasmo o el sentido que le encuentran al trabajo.


A esto se suma que Uruguay, si bien tiene un mercado laboral que mantiene niveles de desempleo relativamente bajos (7%), no siempre resulta fácil encontrar una alternativa que permita mantener todos estos beneficios. Por eso a veces nos quedamos no porque queremos estar sino porque sentimos que no podemos irnos.


Pero esto no es exclusivo de Uruguay, hace unos años trabajé con una clienta en España que trabajaba en un banco muy conocido de allí, con salarios altos, prestigio local, beneficios extraordinarios, pero su desmotivación era evidente: tristeza en su mirada, valores contradictorios y miedo a dejarlo todo.


Pero, ¿qué rol tiene el liderazgo en la construcción y el mantenimiento de esas jaulas de oro? ¿Cuánto puede hacer un líder para que una persona vuelva a encontrar motivación, desafío y sentido en su trabajo? Y por supuesto ¿qué responsabilidad tenemos quienes decidimos — consciente o inconscientemente —permanecer allí?.


Porque en toda relación hay responsabilidades compartidas, y la relación laboral no es la excepción.

Podemos decir que la organización tiene la culpa, responsabilizar al jefe, a la burocracia, a los políticos o a quien más nos plazca, pero también necesitamos preguntarnos qué estamos haciendo nosotros con el lugar que ocupamos, las decisiones que postergamos y con las posibilidades de cambiar algo.


Esto también tiene que ver con el autoliderazgo, con asumir nuestra responsabilidad por las decisiones que tomamos incluso cuando no somos responsables de las circunstacias que nos rodean.


Un común denominador en muchas personas que terminan convirtiéndose en “viejos de mier**” es atribuir casi toda la responsabilidad de su malestar a los demás y se miran muy poco a sí mismos.


A veces mirar nuestra parte de responsabilidad puede ser muy incómodo porque implica reconocer que tuvimos una parte de responsabilidad en construir la desmotivación que tenemos, que hubo límites que no pusimos o decisiones que no tomamos y que los miedos nos ganaron la partida.


Pero por otro lado, asumir esa responsabilidad puede ser liberador porque si nuestra felicidad depende de otros, estamos condenados a esperar que los demás cambien.


Cuando reconocemos nuestra parte de responsabilidad nos animamos a enfrentar los miedos, cuestionamos decisiones que parecían definitivas y demostramos valentía y dignidad recuperando el poder para cambiar las cosas.


¡¡Y qué bien se siente cuando al final nos animamos a desafiar nuestros propios miedos!!


Un ejercicio que puede ayudarte

Algunos quizás estén pensando que se les pasó el tiempo, que están más cerca de jubilarse que de iniciar algo nuevo o quizás sientan que ya es tarde para cambiar el rumbo.

Por eso voy a cerrar este número proponiéndote este ejercicio que solo requiere que uses tu imaginación:


1. Viaja en el tiempo


Imagínate con 80 o 90 años. ¿cómo estás? ¿Estás en paz con las decisiones que tomaste o sentís frustración por las que no te animaste a tomar?


Sé muy específico. ¿Dónde estás? ¿Con quién? ¿Qué hiciste con tu vida laboral? ¿De qué te sentís orgulloso? ¿Qué te hubiera gustado hacer diferente?


2. Escribe una carta a dirigida a ti mismo


Ahora volvé a tu edad actual y escribile una carta a esa persona que serás a los 80 o 90 años.


¿Qué le dirías sobre las decisiones laborales que estás tomando hoy?

¿Cómo te gustaría que hubiera sido tu vida profesional?

¿Qué sueños esperás haber cumplido?

¿Y cuáles no querés seguir postergando?

No escribas lo que deberías sentir. Escribí lo que realmente querés que ese viejo o esa vieja que vas a ser pueda agradecerte.


Mi historia personal

La carta que te propuse arriba la hice cuando todavía estaba trabajando para el Estado y me cuestionaba si debía quedarme en un lugar que me daba seguridad, pero que ya no me motivaba.


Escribí una carta a mi yo de 80 años:


Querida Adriana:


Hoy cumplis 80 años y pensar que a los 50 te sentías grande!

Cuánta vida recorrida, cuántas experiencias, cuántas historias, anécdotas y cuánta plenitud y realización. Pensar que desde aquella decisión de dejar el Estado ya pasaron 30 años.


Fue un momento de quiebre en el que pensabas que ya era tarde y sin embargo qué mal que hubiera estado que decidieras quedarte en ese trabajo que no te motivaba. Desde mi edad actual me alegro que hayas perseverado en tus sueños, que hayas construído la vida que querías y que hayas hecho cosas que ayuden a los demás.


Tus 50 fueron un momento difícil, un momento de decisión que marcarían un antes y un después en tu vida. Sabías desde el corazón cuál era la decisión correcta pero te daba miedo. Y sin embargo te animaste a correr el riesgo.


Felicitaciones por eso!


Hoy con 80 años te veo feliz y realizada, rodeada de mucha gente querida y sobre todo con ganas de seguir haciendo cosas.


Desde mi versión de hoy quiero agradecerte por tu valentía, tu dignidad y por el ejemplo que dejas a los demás.


Gracias por no haberte quedado donde ya no querías estar.


Con amor


Adriana.


Frase célebre


“Y llegó el día en que el riesgo de permanecer encerrada en el capullo fue mayor que el riesgo de florecer.” Frase atribuída a Anaïs Nin






 
 
 

Comentarios


ContactO

Montevideo, Uruguay

​​

Whatsapp: +598 94-710-444

Email: info@adrianadoglio.com

  • Negro del icono de Instagram
  • Icono negro LinkedIn

Gracias por tu mensaje. Te contactaré a la brevedad.

bottom of page